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29.02.08

Radhames Mejía: "Reconstrucción de la memoria"

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Nos acercamos a la obra pictórica de Radhamés Mejía en París, a principios de los años 90, cuando este artista plástico se instalaba en su carrera artística fuera de la isla.

“Mejía, penetró un camino artístico abierto a partir de los años 70, por sus compatriotas Vicente Pimentel y Alonso Cuevas, y posteriormente a estos, por Jaime Colson, y vale destacar que la sociedad artística parisina es muy reservada a los “happy few”…

Su esposa francesa Isabelle fue quien nos presentó trabajos en los que las masas meteóricas parecían mantener formas ocultas, objetos atrapados, gestaciones secretas de “seres en espera de encontrar la vida”.

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El estado de formas incongruentes en proceso de ser y existir atrajo sin dudas el interés intelectual por este artista. El nivel sobrio de la representación y la excelente ejecución gráfica ameritaban un buen tiempo de interpretación. La obra de Mejía se movía entre los estados levitativos de Magritte y la sutileza estilística de Miró; con una prudencia en la luz y en el color de un artista ya maduro o por encima de su juventud.
Con el tiempo tuvimos la oportunidad de pasar por unos quince años cerca de su taller y adentrarnos con la personalidad de un creador en búsqueda de la poética callada del origen.
Poco a poco, las masas indefinidas se entregaron a la luz y al color y afluyeron los matices gráficos de la civilización taina plasmados en una obra contemporánea, fraccionada en el espacio de la tela en un discurso estético que divide el presente y el pasado como un juego de la memoria hasta encontrarse en una totalidad visual que desplaza el tiempo.

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La representación gráfica de sujetos zoomorfitos indefinidos, asì como la presencia de imaginadas aves, lagartos, murciélagos, nos llevó a relacionarlo con el patrimonio plástico y visual de las cuevas todavía inexploradas de su país de origen.
La obra de Radhamés Mejía animaba con el color los sujetos rupestres del Reino de Anacaona. Teníamos la impresión de que de allí salió el “paraíso perdido”. Sin embargo, la fuerza de expresión del artista, los códigos y las señales llevaron su propuesta hacia un reconocimiento internacional, particularmente en Europa, compartiendo sus logros con sus mayores de América y del Caribe, entre los que citamos a Hervè Telemaque, oriundo de Haití y también residente desde muy joven en París; Antonio Seguí de Argentina, Jesús de Armas, cubano-parisino, quien falleció hace pocos años.

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Este admirable artista se destacó y sigue destacándose por su fuerza en el color y en la composición, pero, sobre todo, por llevar una obra coherente a largo plazo, con una poética en la que se enlazan “la memoria y la vida”. Su obra pertenece a la gran tradición latino-americana que hace del arte un instrumento de los pueblos, una idea profunda en todo el continente citado, fiel a su historia y a sus antepasados.
Mejía, utiliza en la ejecución del trazo y del dibujo la referencia de las pinturas rupestres de los tainos para así llevar la figuración a su más eficiente testimonio de la intemporalidad o de la universalidad de la existencia; como si lo contemporáneo fuese una prolongación activa y constante de la eternidad.
En la producción pictórica del Caribe de los últimos treinta años, en lo que concierne al Caribe hispano, Radhamés Mejía responde a ese gran movimiento que se identifica con la celebración del origen, sin apartarse de las propuestas más actuales heredadas de la figuración libre y del abstraccionismo expresionista. Es indudable, que Miró, Tapiés, así como Giacometti y Matta, le aportaron a este artista direcciones fundamentales de reflexión que le permitieron estructurar su obra; sin embargo, la mística de un cuadro de Mejía está totalmente empapada de sus hallazgos en los códigos de una poética insular.

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Varias exposiciones en París y en diferentes provincias de Francia y de Bélgica, lo señalan como uno de los valores pictóricos más contundentes dentro de la diáspora que ha ido marcando un espacio artístico a partir de la década del 90 en Europa.
Sus grandes formatos impulsaron en él experiencias visuales a través del objeto, lo que hace que a partir de los diez últimos años Mejía recupere el objeto para enfrentarse al volumen, especialmente en la serie de botellas pintadas. También, sabe manipular y manejar materias naturales como el papel y la madera, lo que le facilita una gran destreza en el maruflado y el relieve; observador de las enseñanzas de la pintura popular utiliza los aportes de los oficios tradicionales aprendiendo con ellos todas las habilidades de la imagen y de la materia. Le atraen los imaginarios del simulacro y de las máscaras, por esa razón en un momento especifico de su carrera se detuvo en una serie de dibujos pintados en los que los rostros zoomorficos evolucionaban en las proporciones de la máscara tradicional de los carnavales criollos.
El rostro y la fragmentación del cráneo se manifiestan en su obra después del re-encuentro con la palabra. El artista, reaparece en un auto-retrato repetido como un leit-motif obsesivo que marca el regreso a la vida, después de una gran ausencia. El estallido del color marca el compás de una figuración que se va liberando poco a poco, representando cada vez más el punto de equilibrio que nace en la implicación del “yo” frente a los elementos periféricos de la existencia. Hay una relación ancestral y antropológica de la obra de
Radhamés Mejía con el punto de partida del origen; relación que se refuerza a través de la re-construcción de su propia historia en la misma obra.
La coherencia de estas dos referencias a la memoria ancestral y a la memoria orgánica y funcional marcan dos hilos esenciales: el primero consiste en una etapa cósmica y metafísica, y el segundo marca el re-encuentro con la luz y la materia, es decir, con el mismo “yo”. Es importante, que los profesionales del arte se detengan en estos dos aspectos y que identifiquen las características que ha sido llevada por más de 20 años con un sentido sistemático, persistente y coherente, tanto en el campo de las experimentaciones como con los movimientos de la propia vida de este creador.
La exposición que trae próximamente al país, será en la Galería Varelli, de La Romana, puede ser para muchos la oportunidad de reencontrarse con un artista dominicano de la diáspora europea que ha mantenido en alto la profesionalidad, honrando la dominicanidad y midiéndose en los grandes y convocatorias internacionales del arte contemporáneo.

Por: Delia Blanco
Fotos: Fuente Externa

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