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Era el libro más “gordo” de toda la biblioteca. Verano tras verano contábamos el tiempo que nos faltaba para tener el permiso de leerlo. Porque leer La rebelión de Atlas era cosa de mayores. Nosotros, los más pequeños, teníamos una biblioteca repleta de aventuras de Guillermo Brown, las pandillas de Enid Blyton y las epopeyas de Emilio Salgari, Julio Verne y Karl May. Leer La rebelión de Atlas era casi una graduación.
Más de mil páginas, en aquellos años, nos parecían inabarcables; era obvio que para leerlas se necesitaba un verano, de esos que duraban tres meses de vacaciones. Pero la leí muchos, muchos años después y entendí la fascinación que mis hermanos, los que me precedían, habían sentido.
La rebelión de Atlas cumple 50 años y desde el principio fue recibido con los honores de clásico que hoy no se le regatean. Es un canto al individualismo, que su autora, Ayn Rand entendía como la base del objetivismo, la corriente filosófica que elaboró y que resumía en una frase simple: “filosofía para vivir en la tierra“.
Cuenta la huelga de los mejores hombres del mundo, los emprendedores. Es un canto al esfuerzo y los valores individuales. Cree en la espiritualidad de la razón y el dinero, en que la libertad del individuo es sagrada y rechaza de plano cualquier atisbo de colectivismo. Para Rand el capitalismo es un sistema basado en el reconocimiento de los derechos individuales y protege a los hombres de aquellos que inician el uso de la fuerza física. Es la libertad, y la libertad es lo más sagrado.
Ayn Rand, pseudónimo de Alissa Zinovievna Rosenabum nació en Rusia en 1905 pero su familia huyó del régimen comunista y se trasladó a EE.UU., donde murió en 1982.
Por Inés Aizpún
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