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El rarísimo o excepcional cuadro con el tema vuduista sobre el que nos referimos anteriormente, responde a una visión primitiva en el lenguaje y en la interpretación de un ritual; pero es también una abstracción recreativa que en su oratoria ofrece Yoryi Morel cuando no hace objetiva la realidad sometida al naturalismo. Abstracción es lo que asume este maestro como impresionista antillano que traduce las sensaciones del paisaje; y abstracto cuando el tema es más acentuación y gamas libertarias diluidas en las formas.
Pintor emocional e intuitivo, Yori Morel asume regularmente la abstracción temática o lo contrario, la figuración abstracta, con un lirismo sincero pero no de espiritualidad pura como oratoria que modernamente establecen entre 1910-1920, Wassily Kandinsky, Kasimil Malevich, Piet Mondrian y Robert Delaunay, entre otros pintores europeos que incluyen a los surrealistas abstractos como Joan Miró, igualmente a los representantes de la pintura informalista española y del expresionismo abstracto de Norteamérica.
Negando que el discurso moreliario tenga relación con la histórica tendencia de la abstracción pura, afirmamos contrariamente que en plena madurez fue un pintor abstracto como subscribiente local y personal. Lo primero tiene relación con la génesis de la tendencia en el devenir del arte dominicano, la cual encabezan Joseph Fulop y Darío Suro en la década de 1950, ambos precedidos por Ninón Lapareitta de Brouwer, autora de un par de acuarelas expuestas en la exposición nacional de 1942, y cuyos temas tienen vinculación con la música, su gran pasión que le llevaron a componer notables piezas con las que alcanza fama y reconocimiento en la etapa más estelar de la producción musical clásica del país. Sus acuarelas “Finger Paintings”, que solamente conocemos por añejas reproducciones de imprenta, son el distante enunciativo de las dos exposiciones de abstracción pura que se registran en el 1953: Fulop celebra la primera el 5 de mayo, provocando asombro y dislocamiento; Suro, expone casi simultáneamente sus obras abstractas, el 7 de junio, originando un enfrentamiento de los críticos de entonces.
La radical tendencia abstracta y pura tenía sus precursores y adeptos dominicanos cuando Yoryi Morel hace la suscripción en plena década 1960. La suya es una producción circunstancial o de situaciones. Es carente de una estética de desenlace plástico y discursivo. Se parecía que por un lado es un divertimento y por otro, son abstracciones que se asocian a estados de embriaguez, a un delirio senil, e igualmente a la ceguera que afectaron los milagrosos ojos que recayeron desde los años juveniles sobre la realidad dominicana: el paisaje, el hábitat pueblerino, la flor, los frutos y los tipos sociales.

La colección Ceballos Estrella, posee varias pinturas que ejemplifican el “vaivén” abstraccionista moreliano. En la monografía del escritor José Enrique García: Yoryi Morel: Fundador y fundamental, 1906-1979”, editada en el presente año 2007, se reproduce el cuadro titulado “Bodegón moderno” (Óleo 1950, pág. 148), que al igual que otras obras del pintor ofrecen soluciones abstractas. En este caso se trata de un tema que reúne una jarra con flores sobre un caído mantel rojo sobre el cual también yace una caja volteada de frutas que se riegan hasta el primer plano. En éste, dos insinuados cuadrados de puntos blancos, distantes de un tercero localizado en la zona superior. El derroche de las gamas disueltas con uniformidad, crean una atmósfera espiritualizada que recuerda a Kandinsky en cuanto “que el artista pueda hallar en la forma y color puros una expresión válida de su mente y de su espíritu”.
En una segunda obra titulada “Abstracto” (Óleo sin fecha, pág. 146), el manejo de Yoryi es más puro en las cromatizaciones que definen contexto y formas geométricas. Tal pureza deviene de un tratamiento de empaste de círculos y triángulos remarcados externa e internamente por gruesas líneas. El imperio de la geometría formando una acumulación en casi todo el soporte, le da un lugar a esta obra en el llamado cubismo colonial, denominado también “Cubismo tropical” por ser versión dominicana o local del lenguaje que definieron Georges Braques, Juan Goris, Pablo Picasso…

En la memorable exposición del Centro León: “Yoryi Morel: Autonomía y trascendencia”, tal vez pasaron desapercibidas algunas obras abstractas porque el cúmulo de las figuraciones dominicanas fue y seguirá siendo el canto mayor de este precursor de la modernidad del arte nacional. No obstante, constituirse en obras minoritarias dentro de una variada antología de temas, las abstracciones mostradas y fechadas entre 1970-1974 van desde la simulación abstracta: “Vía crucis” (Óleo, 1974) y “Paisaje montañoso” (Óleo, 1974) hasta un tratamiento de soluciones de gamas puras que los títulos alteran como claves definitorias: “Fondo del “Mar Caribe visto por un borracho” (Óleo, 1970) y “Capricho n.o 2” (Óleo, 1974). Todas las obras tienen correspondencia con el mejor y particular tratado pictórico yoryiano, que consiste en la soltura caligráfica, en el color cargado de lirismo y la elocuencia de la luz manejada con los niveles de un tropicalizador antillano. Veamos las obras del catálogo del Centro León.
Apreciado sin los simbolismos que definen el ritual pueblerino de marcha callejera o de camino, el “Vía crucis” (Óleo 1974, pág. 153) es un texto de manchas cromáticas y líneas con puntos fulgurantes, que se acumulan en un fondo azuloso. Es un ejercicio de puntos de color que plantean una muchedumbre con una interpretación y resultado que refiere la abstracción a la que llegada del pintor que ha traducido el tema con diversos enfoques figurativos. Semejantemente se da con el “Paisaje montañoso” (Óleo 1974, pág. 209) donde a pesar del planteo del follaje, del camino, de la montaña y cielo, impera un tratamiento informalista jugoso de gamas, donde el naranja es fuego de horizonte y firmamento, incluso pulsado con el ímpetu del expresionismo abstracto.

Comparadas con las anteriores pinturas citadas, “Capricho n.o 2” (Óleo 1974, pág. 119) es una abstracción que permite visualizar un gentío en movimiento, pero cuyo tratamiento a base de gestuales pinceladas o de espátula, crean un rítmico movimiento implícito de asonante y pura sinfonía de colores. ¿Es una obra asociada al momento de la ceguera de Yoryi?… Habría que cotejar la fecha de esta obra con el momento de su enfermedad visual donde el maestro nacional no se detuvo ante la bruma de sus ojos. Pero también podría cotejarse la citada obra como otras con momentos de borrachera, embriaguez y lapsos seniles en los que fantaseaba entre la graciosa burla y visiones irreales.

A propósito de las relaciones emitidas se trae a colación el cuadro “Fondo del Mar Caribe visto por un borracho” (Óleo 1970, pág. 47), cuya definición temática sobre todo les dan la clave el azul y el blanco como cortas, horizontales y ondulantes líneas, pero que conjugado con las restantes gamas, es una total abstracción que se asocia a un estado de borrachera como bien enuncia el título. Se trata de un cuadro excepcional por su testimonio y por su lírica adecuación a las sensaciones que sentía el pintor en un segundo estado sentimental. Un estado emocional fuera de la norma natural; estado espiritual supuestamente alcoholizado, o realmente verdad cuando él resultado es una obra que define a Yoryi Morel, ¡también pintor abstraccionista!
Por Danilo de los Santos | Fotos: Catálogo Centro León
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